Culiacán no se reactiva por decreto
Ampliar los horarios comerciales puede ser una buena intención, pero mantener abiertos los negocios hasta las once de la noche no sirve de mucho cuando las familias prefieren estar encerradas desde temprano.
La economía de Culiacán no se está apagando por falta de permisos. Se está apagando por falta de seguridad.
Un restaurante vacío, una cortina que baja temprano y una calle sin personas no son solamente datos económicos. Son la evidencia cotidiana de una ciudad que todavía no recupera la confianza.
La reactivación no puede reducirse a anuncios, recorridos oficiales o fotografías. Necesita vigilancia permanente, transporte seguro, calles iluminadas, apoyo verdadero para los pequeños negocios y resultados que la gente pueda sentir.
Mientras salir a cenar, trabajar de noche o regresar a casa siga representando un riesgo, no habrá recuperación completa.
Culiacán no pide privilegios. Pide algo mucho más elemental: poder trabajar, convivir y caminar por sus calles sin miedo.
La paz no se anuncia. Se construye.
Y recuperar una vida normal debe ser la principal obligación de cualquier gobierno.
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